Nos complace presentaros el siguiente reportaje sobre Wukro que podéis leer en dslrmagazine.com

En 1992, un misionero de origen vasco de la orden de los Padres Blancos, Ángel Olaran, que había permanecido durante veinte años ejerciendo su sacerdocio en Tanzania, recibió el encargo de ayudar a un compañero a levantar una escuela en una perdida región del norte de Etiopía: Wukro. Etiopía, por aquel entonces, era el triste recuerdo de infancia que muchos poseemos de un país devastado por las hambrunas y enfermedades. Aquel lejano lugar del que todos hablaban –la madre África–, que decía emocionada una maestra de humanidades.  La que te hacía perder de un plumazo la inocencia cuando la fotografía de un chaval de tu misma edad se asemejaba a un anciano en miniatura desnutrido con el vientre hinchado, los insectos como compañeros de viaje y la sombra de la muerte cerniéndose implacable. Sumidos en ese velo cándido que otorga la niñez, te preguntabas en qué modo podían ayudar o paliar unos papeles que llamaban dinero metidos en un humilde sobre. Con el seco golpe de la edad adulta, el velo cae, las realidades se vuelven certezas que te sacuden, y la existencia son continuos alambres de funambulista, donde caerse para un lado u otro dirime el caminar por esta tierra con mayor o menor suerte.

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